FIERALINDA: Ede aprende a rugir sin dejar de acariciar
27 de noviembre de 2025Hay discos que se escuchan y otros que se atraviesan. FIERALINDA, el nuevo trabajo de Ede, pertenece sin duda al segundo grupo
No es un álbum pensado para sonar de fondo mientras haces otras cosas; es más bien una invitación —a veces suave, a veces incómoda— a parar, respirar y mirarte por dentro. Y eso, en 2025, ya es casi un acto revolucionario.
Ede lleva tiempo construyendo un universo propio, pero con FIERALINDA da un paso firme y valiente hacia adelante. Aquí no hay postureo ni prisas por encajar en ninguna etiqueta. El disco se mueve en ese territorio tan suyo donde conviven la raíz, la electrónica orgánica, el folk emocional y una sensibilidad casi animal. Porque sí: hay fiera. Pero también hay mucha ternura. De ahí el título, que no es casual ni estético: es una declaración de intenciones.
Las canciones respiran cuerpo. Se sienten pensadas desde el movimiento, desde lo físico, desde lo que pasa cuando una voz no solo canta sino que tiembla, se quiebra o se expande. Ede escribe como quien se habla a sí misma sin filtros, sin miedo a parecer frágil o contradictoria. Hay cansancio, hay búsqueda, hay necesidad de volver a lo esencial. Y todo eso se traduce en letras que no subrayan, que confían en quien escucha.
Uno de los grandes aciertos de FIERALINDA es su coherencia emocional. No es un disco de hits inmediatos, pero sí de capas: cada escucha revela algo nuevo, una palabra que antes pasó desapercibida, un arreglo que ahora cobra sentido. Es un trabajo honesto, muy conectado con la naturaleza y con la idea de crear desde un lugar más lento y consciente, algo que se nota tanto en el sonido como en la actitud artística.
El proyecto de Ede no va de gritar más fuerte, sino de decir cosas importantes en voz clara. Y eso, paradójicamente, tiene mucha fuerza. FIERALINDA confirma que estamos ante una artista que no solo canta bien, sino que tiene algo que decir y sabe cómo sostenerlo en el tiempo. Un disco para escuchar con los pies en la tierra y el pecho abierto. Porque a veces, para sobrevivir, hay que sacar las garras. Y otras, simplemente dejarse querer.



