Los vínculos líquidos como resultado del miedo a la soledad

30 de octubre de 2026 Desactivado Por Rocío Torronteras Manzano

A veces me encuentro en una mesa con personas que hablan y hablan.  Si me preguntáis sobre esas personas, sus miedo o inquietudes, no sabría responder con certeza sobre ninguna de estas cuestiones. Sin embargo, asisto a esa mesa y me pregunto: ¿Podrá alguno de ellos responder algo sobre mí? En este articulo reflexionamos sobre los vínculos líquidos como resultado del miedo a la soledad.

Según un estudio realizado por Jeffrey Hall en la Universidad de Kansas, para que las personas podamos establecer un vinculo real se necesita una media de noventa horas de absoluta dedicación. Noventa horas de desconectar de todo lo demás y concentrar todas las fuerzas en los ojos de la persona que nos mira ilusionada, mientras nos cuenta cualquier cosa. Es curioso, porque de nuevo traemos una reflexión asociada a la relatividad del tiempo y sus efectos secundarios.

Para muchas, noventa horas es lo equivalente a una migaja de reloj. Para otros, un sacrificio que no están dispuestos a hacer. Y en este vaivén, se encuentra el vinculo, el compromiso y la solidez de las relaciones (o la inexistencia de todo esto).

En plena era en la que exponemos nuestra vida como indicador de éxito, contamos las sillas llenas pero no contabilizamos los minutos de vacío, debatimos sobre los mismos cinco temas que no resultan muy polémicos o respondemos en piloto automático cuando la cosa se pone seria. Nos fotografiamos con un grupo enorme de personas chulísimas y no volvemos a rozarnos en toda la noche o nos encontramos rodeados de personas que no sabrían con exactitud como se escribe nuestro nombre y, así, un sinfín de metáforas que aluden directamente a lo anodina que se convierte el alma cuando nos aterra que otros la vean. Cuando noventa horas rima con locura y, sin embargo, nos aferramos a cada minuto compartido como forma de acabar el día un poco menos solos.

¿Por qué? ¿Por qué hemos pasado del “amigos para siempre” a no dolernos los amigos que perdemos, como cantaría Dorian? Aristóteles, en un alarde de sabiduría, dijo que “nadie querría vivir sin amigos, aun estando en posesión de todos los bienes.» Y es que son innumerables los estudios que relacionan las relaciones con la necesidad de aparecer en la foto de grupo, de compartir espacios e instantes, de sentirnos parte de un algo que llene el silencio de nuestra propia existencia.  

Robin Dunbar, antropólogo y primatologo de  la Universidad de Oxford, ha basado su carrera en la defensa de que el ser humano, con tal de encontrar un espacio social donde encajar, fue capaz de generar un idioma que le permitiese entrar en contacto con los demás. Somos, en conclusión, animales sociales que han necesitado de otros para seguir adelante y, en esa necesidad trascendental, ha generado por accidente un montón de vínculos rotos.

Porque siempre da más miedo la nada absoluta que el atisbo de algo pobre. Porque hay que ser valiente para vivir en la cabeza de uno sin el ruido de otros. Porque no hay nada mas triste que darte cuenta de que una mesa llena no es sinónimo de una vida llena.

Y porque todos alguna vez fuimos Pizarnik cuando escribió eso de “estuve pensando que nadie me piensa. Que estoy absolutamente sola. Que nadie, nadie siente mi rostro dentro de sí ni mi nombre correr por su sangre” y nos hemos sentido inseguros», y dime ¿quien es lo suficientemente fuerte como para sobreponerse a todo ese miedo?

Los últimos estudios revelan que nos encontramos en la generación más solitaria sin quererlo. Hablan de la llegada de la tecnología, un cambio de paradigma en la educación o los contexto sociales de los individuos. Sin embargo, no….no existe un final feliz para esta opinión ni una cura para esta enfermedad que no sea el despertar por la mañana y darte cuenta que nunca fue cuestión de cantidad, sino de calidad. Y que solo el tiempo, como dirian las abuelas que ya pasaron por más que nosotras, pone a cada uno en su sitio.

Como dijo Fridha Khalo: «Sigo mal y seguiré peor, pero voy aprendiendo a estar sola y eso ya es una ventaja y un pequeño triunfo.»

Rocio Torronteras (@soyrociotor)