MARQUITOS convierte Madrid en un espacio íntimo (y algo incómodo)
11 de abril de 2026Hay artistas que usan el directo para confirmar lo que ya sabes de ellos. Y luego está marquitos, que el pasado 8 de abril en Sala La Riviera decidió hacer justo lo contrario: desmontarse delante de todo el mundo
El concierto no funcionó como una simple presentación de etapa, sino como una reformulación en tiempo real. Desde el arranque, con una escenografía que replicaba una casa —espacio cotidiano convertido en dispositivo emocional—, la propuesta dejó claro que la narrativa iba a ir por dentro. No había distancia irónica ni refugio en el espectáculo: lo que había era exposición.
Un relato en construcción
El repertorio se movió entre el material más reciente —marcado por una escritura más directa y menos filtrada— y temas de su anterior proyecto, ODDLIQUOR, integrados sin ruptura. Lejos de funcionar como guiño nostálgico, esas canciones reforzaron la idea de continuidad: no hay un “antes” y un “después”, sino una misma identidad atravesando distintas capas.
En directo, esa transición se percibe más orgánica que discursiva. Marquitos no subraya el cambio: lo habita. Y ahí es donde el concierto gana densidad, porque evita la narrativa fácil de “reinventarse” para situarse en algo más incómodo, más honesto: reconocerse.
Menos artificio, más fricción
Musicalmente, el show apostó por una producción contenida, sin picos innecesarios ni sobrecarga visual. La atención recaía en la interpretación y en la relación con el público, que respondió desde un lugar más emocional que festivo. No fue un concierto de euforia colectiva, sino de identificación: letras coreadas no como himnos, sino como confesiones compartidas.
Entre canciones, el tono se mantuvo cercano, casi conversacional, evitando cualquier sensación de guion prefabricado. Ese equilibrio entre naturalidad y control escénico sostuvo el ritmo del directo, aunque en algunos momentos la apuesta por la intimidad rozó lo incómodo —y probablemente ahí residía parte de su intención.
Cierre sin épica (y mejor así)
El tramo final, con temas como Pisando charcos, consolidó esa atmósfera de recogimiento. Sin grandes crescendos ni finales grandilocuentes, el concierto optó por cerrar desde la coherencia estética: sin traicionar el tono que había construido durante toda la noche.
Más que dejar una imagen rotunda, marquitos dejó una sensación. Y en un contexto donde muchos directos buscan el impacto inmediato, esa decisión —más sutil, más arriesgada— se siente casi contracultural.
Balance
El paso de marquitos por Madrid no fue un ejercicio de reafirmación, sino de exposición. Un directo que no busca gustar a toda costa, sino sostener una identidad en proceso.
Y eso, en 2026, tiene bastante más valor del que parece.
A continuacion os dejamos la galería del concierto.















